Desde la creación de la
fotografía como medio de inmortalización de los objetos y espacios, con el
punto de vista subjetivo del fotógrafo y el ángulo del observador,
nos hemos encontrado con infinidad de imágenes muy dicientes sobre lo que
significa para el hombre inmortalizar las “realidades” que lo rodean, desde lo
cotidiano hasta lo inverosímil, el bombardeo de imágenes se ha convertido pues
en la principal forma de comunicación, una comunicación en la cual es más importante
lo que se ve que lo que se dice.
Cuando nos adentramos a
las posibilidades de la fotografía como una manera de expresión profunda,
cuando logramos sacar la esencia de lo que se supone cotidiano y normal,
podremos entender la magia oculta que prevalece en el objeto incluso luego
de su extinción, pues a través dela fotografía se hace inmortal, y lo
efímero es ahora un espíritu vigente, continuo en la memoria y como prueba de
esto, la fotografía se muestra atenta a preservarlo. Para dar perfecta cuenta de esto se puede ver el trabajo fotografico de Milagros de la Torre, quien rescata del olvido estos objetos testigos y pruebas de delitos que han sido dejados en el olvido, dandoles el protagonismo suficiente para dejarnos un interrogante adicional al momento de encontrarnos con las imagenes; O estos objetos redimencionados en las manos de Man Ray, que juega con lo irracional e incongruente, generando sentimientos casi de escandalo, pues como el mismo dijo: "la busqueda de la libertad y el placer, eso ocupa todo mi arte". Chema Madoz por su parte nos pone de frente a un objeto ludico llevandonos un paso mas alla en lo onirico, ese espacio en que una cosa se convierte en otra y esa transformacion lo enriquece dandole poetica.
Hemos decidido por tal
motivo inmortalizar el objeto de mística cotidiano, en el
romanticismo que presupone conservar objetos con
finalidades más allá del entendimiento lógico y material, como una
forma de preservar en la memoria este conjunto de
símbolos coadyuvantes de la cotidianidad humana, que como la
fotografía del ser amado en la billetera nos acompaña. Hasta el día a día en
la creencia particular de contener en objetos la posibilidad constante de
un cambio de suerte, de un vuelco en la historia del poseedor que le
permita más allá de cualquier pronóstico la magia el
cerrar y abrir de los ojos el milagro que se desprende de ese objeto.
Dentro del cotidiano humano muchas imágenes y objetos acrecientan la ya antigua y marcada creencia de un poder fuera y más allá del entendimiento que proporciona el bienestar deseado, que genera el poder de cambiar todo, en un abrir y cerrar de ojos.
Estos objetos místicos son innumerables y tan diversos como maneras de pensar, solo unos pocos quedaron seleccionados como testigos de una riqueza cultural tan variada que sería una lástima se fuera perdiendo en los rincones del tiempo y el recuerdo sin dejar esa marca necesaria en las generaciones futuras y sin prueba física que pueda demostrar su existencia.
Dentro del cotidiano humano muchas imágenes y objetos acrecientan la ya antigua y marcada creencia de un poder fuera y más allá del entendimiento que proporciona el bienestar deseado, que genera el poder de cambiar todo, en un abrir y cerrar de ojos.
Estos objetos místicos son innumerables y tan diversos como maneras de pensar, solo unos pocos quedaron seleccionados como testigos de una riqueza cultural tan variada que sería una lástima se fuera perdiendo en los rincones del tiempo y el recuerdo sin dejar esa marca necesaria en las generaciones futuras y sin prueba física que pueda demostrar su existencia.
Este romanticismo enmarcado en supersticiones resulta irónica, contrastada con el materialismo actual tan marcado; cuando vemos un sicario que tiene en el cuello una camándula y bendice el arma con que dispara a su semejante; en la cotidianidad de quien sale a vender sus productos y una ramita prodigiosa acompaña su caminar, en el niño que al nacer es atado por la mano con una manilla contra el mal de ojo, y así se nos colma la vida de imágenes tan familiares y significativas de las cuales seguimos preguntándonos si la confianza en ellas es la misma o es ya la fuerza de las costumbres la que invita a conservarlas y usarlas. Más allá de la respuesta que esto conlleve, la invitación es una, sacar del rincón empolvado la penca sábila, la herradura, la pata de conejo y darles el lugar en la fotografía que se han ganado a base de pequeños milagros y siglos de peticiones.
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